El fin del dirigismo

El fin del dirigismo

 

 

En el caso de la dirigencia gubernamental, Colombia sufre de un exceso de academicismo, desde cuando la economía dejó de ser manejada por personas de mucha capacidad, generada no tanto en estudios, sino en la práctica del empresarismo real, que es un estudio tan válido como el académico, al frente de empresas que se crearon con el propósito de sembrar el futuro del país. Patriarcas que consideraron su deber extender su campo de acción personal a la gran empresa nacional que debe ser Colombia. Infortunadamente, la influencia de escuelas económicas internacionales, que pretendieron hacer un desarrollo acelerado sin tomar en cuenta las leyes de la naturaleza aplicadas a la economía, “academizaron” la función pública, y es así como toda América Latina sufrió en los años ochenta el fenómeno de la “década perdida”, luego de que las décadas de los cincuentas, sesenta y setenta fueron las de ganancia en estructuración, especialmente la industrial, que, aunque protegida en exceso por medidas no condicionadas, cosa que generó vicios, creó una plataforma que luego fue destruida por la apertura de los noventas, muy necesitada, pero muy mal diseñada y peor, puesta en práctica precisamente por los academicistas.

 

Es el mal recuerdo de tal experiencia el que nutre la gran desconfianza de la pyme hacia la capacidad, imaginación y audacia de la burocracia gubernamental para manejar una situación que requiere de reacciones rápidas y acertadas, similares a las que un timonel de barco tiene que asumir ante el oleaje de una tormenta, que no tiene libreto sino que responde al impredictible embate de los vientos.

 

Una perversa combinación de improvisación, inexperiencia, capricho y “paradigmismo”, que “adornan” a nuestros funcionarios integrantes del carrusel de nombramientos de personas que son parte del incesto académico que se rota desde hace tiempo en los puestos y que pretende ser el corrector de sus propios y tercos errores, no permite optimismo.

 

En cuanto a la participación de dirigentes del sector privado, la gran confianza que generaron los patriarcas de nuestro desarrollo, deficiente pero el que tenemos sufre el grave efecto de una globalización mal entendida.

 

Es cierto que ya Colombia no es una isla y está ligada por vasos comunicantes al desenvolvimiento mundial. Pero, así como en los países desarrollados hoy se culpa al “apatridismo” de los grandes conglomerados que de transnacionales pasaron a ser a-nacionales, y simplemente anidaron en donde percibían las mayores y más fáciles utilidades, y por ello descuidaron su base y cimientos, y hoy tienen que admitir que dieron un salto al vacío, en Colombia se le ve a muchos empresarios la culpa por haber asumido al canto de las sirenas en sus inversiones  (palabra cuya corrupción es parte de la crisis). Curiosamente hoy quieren que la patria que abandonaron los salve del fracaso de su aventura.

 

La pyme, por ser el empresarismo popular y en la cual convergen mayor número de personas y capacidades, es la única fuerza colectiva que puede aunar y sumar esfuerzos para sostener el empleo, la funcionalidad del encadenamiento productivo, y dar pronta respuesta a la inyección de capital de planta y de operación, espera no solamente ser mencionada en los discursos sino tener un papel predominante en la consulta que el gobierno debe hacer para tomar decisiones y en el seguimiento de su desenvolvimiento para determinar su acierto o desacierto. El momento significa el fin del dirigismo y la necesidad de darle juego al sentido común.

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John W. Martínez

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